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?Dos feminismos o ninguno?


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?Dos feminismos o ninguno?

El maestro Zozaya, con la clásica serenidad que carac- teriza todos sus ecrito, cen- suraba hace días el proceder de las tres concejales madri- leñas ante cierto debate mu- nicipal.

«Discutíase—dice el señor Zozoya—si en la hostería que ha de ser instalada en el Ma- tadero deben o no ser admi- tidas obreras para desempe- ñar diferentes servicios».Y algunos señores concejales— terribles émulos de San Jeró- nimo, Schopenhaüer y demás amabilísimos apologistas del sexo femenino—se permitie- ron asegurar que «la entrada de mujeres en la aludida de- pendencia sería causa de in- moralidad y deficiencia en el servicio».

Ante este piropo típicamen- te medieval, las señoritas concejales no supieron—o no quisieron—leventar sus ar- gentinas voces en la defensa de las pobres mujeres ultrajadas por los catonianos concejales.

Y aquí de la censura del sapientismo y ecuánima cro- nista. Censura en mi sentir un poco exagerada.

Cierto que las tres conce- jales pudieron y quizá debie- ron rebatir más o menos airadas tan insultante juicio. Cierto que pudieron lanzar, entre otros, el siguiente silo- gismo una miaja sofístico: En en mundo existe, sin género de duda, una respetable por- ción de inmortalidad; todo lo que en el mundo existe ha si- do creado—para gloria suya —por los varones imperantes; luego lo inmoral es creación puramente masculina.

Esta y otra dialécticas, a tono con tan escolástica dis- cusión, pudieron oponer las señoritas concejales.

Pero... ¡no hay que exigir demasiado! La posición de las novísimas munícipes es en extremo delicada y difícil. Con intención más o menos aviesa, con aldena paparo- nería política que asombra de tosa novedad, se espera cualquier acto o palabra de las primeras mujeres conce- jales, bichos raros en la fa - na española. Los cronistas y copleros festivos de todas las categorías—tanto los qye sa- zonan con sal fina sus escri- tos como los que emplean el más grueso cloruro de sodio —no perdonan ripio para lan- zar los suyos alevosos sobre la personalidad de esas tres desdichadas.

Y esto, teniendo en cuenta el respeto, la secular timidez de las mujeres ante el decir ajeno—respeto y timidez que son quizá un trasunto de la moralidad femenina—explica desde luego las más censura- bles abstenciones.

El señor Zozaya atribuye esa actitud de las concejales madrileñas a la existencia de «dos feminismos»: uno el de los que creen que la mujer, todas las muejeres, son capa- ces de todos los derechos y deberes; otro el de los que piensan que unos y otros sólo son asequibles a una selecta minoría femenina; por lo cual las señoritas aludidas, comul- gando—según el articulista— en el último de los dos feme- nismos, no se creyeron en el caso de salir por los fueros de las mujeres obreras.

Nosotros, respetando la opinión mil veces más auto- rizada del señor Zozaya, nos inclinamos, sin embargo, a creer que ese primer fracaso —y otros en que probable- mente incurriremos—no es de dos «feminismos», sino a la au- sencia, entre nosotros, de ver- dadero feminismo, de un fe- minismo conscientemente ela- borado y sentido.

«El pueblo que se hace a sí mismo su libertad, no es un pueblo libre», leíamos ha- ce poco, no recordamos dón-

de ¿No se podrá afirmar, con la misma razón, que el feme- nismno hecho, no sentido por las mismas mujeres inte- resadas, no es verdadero y eficaz femenismo?

Y lo cierto es que la gra- tuita concesión de los dere- chos políticos nos ha cogido desprevenidas a casi todas las mujeres españolas. Salvo limitadísimas a g r u p a c i o n e s que representan una ínfima minoría de la española femi- nidad, las demás no nos ha- bíamos detenido a pensar en la justicia y conveniencia de esos impalpables «derechos políticos»—hoy más impalpa- bles y nominales que nunca. No habíamos sentido, por tanto, la apetencia de los mis- mos.

Y, sin tal apetencia, ¿cómo extrañar que se nos indiges- ten un poquito?...

De todo esto—y de algo más muy largo de explicar— se desprende un peregrina conclusión: la personalidad política de la mujer, cuyo re- conocimiento he significado en los demás países un avan- ce casi revolucionario, es en España una medida del más puro y eficaz conservadu- rismo.

Sin orietación propia en cuestiones políticas, sin pre- vio interés hacia los mismos, secularmente sujeta la mujer española a determinadas tu- tulas, ¿no es de temer que el sufragio en nuestras manos sea instrumento de nuevos ca- ciquismo de formidable ex- pensión e inteangible carác- ter?...

Menos mal que el tiempo que, según los indicios, tarda- remos aún en ejercer nuestros novísimos derechos bastará quizá para orientarnos en tan complejo asunto y aún para crear, si preciso fuera, el fe- minismo que en España no existe.

IASNAIA POLIANA Envío: A la muy querida y admi- rada profesora señorita Margarita Comas.

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