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La Lectura en la mujer
La lectura ha sido la pasion de mi espíritu: á ella he
debido las horas más gratas de mi vida, los triunfos más
halagüeños de mi carrera. ¡Qué de pesares ha borrado
el libro de mi alma! ¡Cuántos conceptos, de poquísimo
valer al trazarlos mi pluma, han merecido alguna ala-
banza al ser trasmitidos por mi lábio! ¡Cuántas lecturas
que fuéron en mi infancia recreo de mis padres, se han
convertido en rico manantial de conocimientos, seña-
lándome estudios que nunca hubiera soñado mi modes-
tia! Recomendar, pues, á las jóvenes del arte de la lec-
tura es en mi deber y gratitud; justo tributo á la so-
ciedad que me ha otorgado más de lo que merecia.
Hablar de la lectura como arte, recomendarle como
tal en la educacion de las jóvenes, ha sido siempre uno
de mis deseos, y, sin embargo, si alguna vez he tomado
la pluma con tal propósito, el desaliento arrancóla de
mi mano, diciéndome que era oficioso el consejo y frí-
volo el asunto. ¿Qué jóven medianamente educada no
sabe leer? ¿Cuál no ha desdeñado la lectura, considera-
da como adorno, ante estudios más brillantes? Pero, hé
aquí, que cuando más me mortificaba el deseo, y más el
temor me detenia, llega á mis manos un artículo sus-
crito por una célebre escritora francesa, consagrada ha-
ce años á la educacion de las jóvenes y que cuenta gran
número de obras publicadas en este género: ella tam-
bien, Mad. Fertiault, apoyada en la autoridad aún ma-
yor de Mad. Adhémar, recomienda en un sentido artí-
culo el arte de la lectura, y al verlo, he perdido el temor
que me coartaba, creyendo que lo podria parecer
frívolo en mí, tendrá valor si tales autoridades lo patro-
cinan.
“El arte de leer, dice Mad. Fertiault, de leer con ex-
presion, con gusto y sentimiento, es un mérito que se
aplaude, precisamente porque se encuentra rara vez, y
al ver cómo se descuida este adorno de la mujer, parece
que leer bien sea una frivolidad indigna de fijar la aten-
cion. Cuando una jóven sabe leer correctamente, supóne-
se que ya basta á sus necesidades, y si lee muy de prisa,
como habla el papagayo, la juzgan llegada á la perfec-
cion! No les ocurre que haciéndole comprender y sentir
lo que lee, desarrollan su inteligencia, embellecen sus
sentimientos y le procuran, con su propio recreo, el de
las personas que la rodean, las que le son más caras,
porque si hay artes que brillan en la sociedad, el de la
lectura es de los que se saborean en la dulce intimidad
de la familia”.
Así habla Mad. Fertiault y Mad. Adhémar añade,
“que es el más útil de todos los trabajos de la imagi-
nacion, y que acostumbrando á las jóvenes á la buena
acentuacion, á las entonaciones distintas que exije la
historia o la leyenda, la poesía, la fábula ó la elegía, el
idilio ó el poema, desarrollan su sensibilidad y elevan su
espíritu y su corazon.”
¿Qué puedo yo añadir despues de tan justas aprecia-
ciones? Aconsejar á las madres que no descuiden este
ramo de instruccion, postergado á otros de ménos valer
para el bien propio y de la familia. Casi todas las
madres quieren que sus hijas estudien música, dibujo,
idiomas, y cualquiera de las jóvenes de buena sociedad
que sabe escribir una carta en francés ó en italiano
cantar una romanza, veríase apurada para leer un soneto
ó un madrigal en castellano.
Léjos de mí la idea de excluir los otros estudios que
completan una educacion cuidada; nada más ageno de mi
propósito que condenar el estudio del arte pictórico, tan
tan raro como estimado en la mujer, y que le permite repro-
ducir en el lienzo las maravillas creadas por la natura-
leza; nada más censurable á mis ojos que rebajar el es-
tudio de la música que, empezando por honesto recreo
en la familia, acaba por servir de ornato en sociedad y
quizá de artística carrera; pero ¿por qué descuidar la lec-
tura, que reuniendo las mismas ventajas ofrece á las jó-
ven adorno, á la esposa medio de hacer gratas las vela-
das de familia y á la madre fuente inagotable de intruc-
cion para sus hijos? Si los otros adornos se abandonan
casi siempre al aceptar la jóven la difícil y eleva-
da mision de esposa y madre, el de la lectura es en-
tónces cuando tiene su mejor empleo, y cautivar al pa-
dre, al hermano ó al esposo con sentidas lecturas,es
hacerles grato su hogar, que es uno de los deberes de la
mujer,el más fecundo en ventajas para ella.
Yo me atrevo, pues, á rogar á las madres, que á la
par que desean á sus hijas buenas filármónicas ó buenas
dibujantes, las procuren buenas lectoras; que no les
nieguen por frivolidad ó ignorancia este arte útil en la
familia y en la sociedad, que, poniéndolas en frecuente
trato con los genios de todos los países, las aparta de
la frivolidad, casi siempre compañera inseparable de la
mujer. Ya que los buenos libros están hoy al alcance
de todas las fortunas, ya que las infini-
tas publicaciones literarias llevan tesoros
de ilustracion al seno al seno de las familias, que
la madre, vigilante perpétuo de sus hijas,
colocada por la Providencia al lado suyo
para inspirarles gustos que les convie-
nen, formando poco á poco su corazon y
su carácter, escoja lecturas propias para
ellas y les acostumbre á leer en alta voz,
como recreo digno de una
inteligencia clara; que en
la ancianidad, cuando tie-
ne que prescindir de los
recreos que la sociedad
ofrece, ella será la prime-
ra á bendecir su buen
acuerdo, escuchando de
boca de sus hijas concep-
tos discretamente senti-
dos y discretamente interpretados, que le harán vivir en el
mundo de la inteligencia, hasta que la muerte llegue á cerrar
sus ojos y á escribir la última página de su honrada con-
ciencia.
