Text view

La Escuela Moderna


Javascript seems to be turned off, or there was a communication error. Turn on Javascript for more display options.

EDUCACIÓN ESPECIAL DE LA NIÑA El trabajo manual

Contando con que el descanso absoluto en estado de vigilia es inaceptable para la infancia, ya por necesidades fisiológicas apremiantes, ya porque hay que aprovechar el tiempo, que se hace corto, si consideramos lo mucho en que puede ejercitarse útilmente la actividad humana, resulta que casi hemos de des- cansar variando de ejercicios.

El trabajo manual, que deja en cierta parte libre á la inteli- gencia y ocupa las manos, aunque no fuera de grandísimo valor para la mujer, debe aceptarse como descanso, como tre- gua, como medio de ejercitar fuerzas físicas y contribuir en oca- siones á despertar el gusto artístico.

Del valor utilitario y práctico de las labores propias de la mujer no voy á, ocuparme, pues tanto se ha encarecido y apre- ciado por madres y maestras, que ha venido su ejercicio á dege- nerar en abuso, y hasta ha perturbado la instrucción y la edu- cación de la niña en cierto modo.

La parte educativa ó pedagógica del trabajo manual es la que principalmente debe ocupar la atención de la madre.

En primer lugar, no debe prescindir del trabajo de sus hijas en la parte que se refiere al aseo, limpieza y arreglo de las habi- taciones, muebles, enseres, utensilios, ropas y personas.

Que hay domésticos que verifican esos trabajos con la pres- teza y perfección propias de la práctica. Es cierto, y ese razona- miento tendría fuerza si sólo se tratase de que las cosas se hicie- ran pronto y bien. Pero la educación trabaja para el porvenir, y el porvenir de la niña, hasta en esta esfera modestísima, exige hábitos, ejercicio, aseo, pulcritud, espíritu de orden, gusto artístico para arreglar, colocar, embellecer, presteza en ejecutar, y como consecuencia de este dominio, adquisición de aptitud para mandar, organizar y disponer en su dia.

Nada de esto se adquiere sin práctica, sin ejercicio constante, sin la guía ilustrada de la madre.

Esta debe decir á sus hijas cuando rehuyan esta clase de trabajos : «Cualquier doméstica haría eso mejor que vosotras; pero no aprenderiais si no lo hicierais, y es necesario aprender, adquirir fuerza, tacto, agilidad, tino, y saber usar de las energías del cuerpo con la ayuda de las del espíritu. ¿Os parece bien no servir para nada y necesitar criados para todo? ¿Y si algún día no los tenéis?» Ante estas y otras observaciones, repetidas cuando la ocasión lo reclame, las niñas se someten y acatan hasta con gusto las órdenes maternales.

El crecimiento, desarrollo y perfección de las máquinas tiende á acabar con ciertas labores que sirvieron de agradable entretenimiento á nuestras respetables madres y abuelas. Me refiero á las labores de aguja larga, ya casi proscritas de las escuelas. Yo me atreveria á aconsejar á las madres que enseñaran á sus hijas á hacer calceta, y las ejercitaran en este trabajo que no exige casi inteligencia, sino práctica. Ya adquirida ésta, la media no reclama apenas atención, y puede hacerse conversando en familia y en reuniones de confianza.

«Eso es una antigualla -objetarán algunos—; las máquinas hacen medias con perfección, prontitud y economía, y el tiempo gastado en esa labor puede emplearse en cosa más útil.» Todo ello es cierto; pero no es el resultado inmediato de confeccionar medias lo que debe buscarse; es la práctica manual de una cosa provechosa y entretenida que puede servir para matar el tedio en tiempos futuros.

La preciosa niña de diez años será, andando el tiempo, la anciana de sesenta ó setenta, y cuando la vista le falte, cuando la lectura le fatigue, y las piernas débiles la recluyan en casa retenida en un sillón; cuando lleguen las horas de soledad — de las que no se libra ningún anciano, por muy atendido que esté por los suyos —. la práctica de hacer calceta le permitirá distraerse sentada y sin fatiga de la vista. ¡Cuántas abuelitas dicen complacidas al pensar que aun son útiles á los suyos! : «Yo me entretengo y hago medias para todos.» ¡Bendito trabajo que con suela y conforta en la ancianidad y ayuda á soportar la penosa carga de los años! Sólo por esto no debe desterrarse nunca de los hogares.

En las escuelas es un trabajo perturbador, y comprendo que se destierre; pero la madre debe exigir esta práctica en cortos y repetidos ejercicios, preparando así á las niñas para viejas. Si no llegan á una edad avanzada, nada se ha perdido, y esa habilidad manual da soltura y agilidad, siempre provechosas.

Generalmente las madres procuran que sus hijas aprendan á hacer primores manuales, y dedican una atención preferente á las bellas inutilidades. Bordados, encajes y calados — que son verdaderas obras artísticas—.exhiben niñas y jóvenes acreditando habilidad y constancia en el trabajo. Y aquí está precisamente el abuso, en que para adquirir esa práctica, arte y destreza, se ha descuidado la inteligencia y el corazón, esas dos energías que aseguran la fuerza moral y destacan la personalidad.

En medio de una atmósfera ó envolvente toda femenina, debe adivinarse á la mujer capaz de desplegar energías de toda especie, y de mostrar esa fuerza sin rudeza que le asegure el dominio sobre sí misma y la influencia sobre los suyos. Y esto no se conseguirá pasándose la segunda infancia y primera juventud confeccionando artísticas labores.

El trabajo manual en la edad primera no es obra que interese al presente, sino práctica, ejercicio, despliegue de fuerzas, costumbre que produzca hábito utilizable en el porvenir. Después, al avanzar más en edad, ya se puede pensar en el presente y utilizar el trabajo de las hijas en la confección de prendas de vestir, interiores y exteriores, compostura de las mismas, adorno de la casa, todo lo cual desarrollará también el buen gusto y el sentimiento estético.

Todos aquellos bordados y encajes á que antes nos referíamos los hacen las máquinas con gran rapidez, y no hay necesidad de gastar en ellas un valioso caudal de vista y tiempo. El corte y confección de prendas interiores y exteriores de señora y niño proporciona una gran economía á las familias, siendo, por consiguiente, mucho más útil su enseñanza que la de los bordados y encajes.

Si la madre no instruye directamente á su hija en el trabajo manual, deberá indicar á la profesora su idea y sus tendencias en esta materia.

Si en los hogares se labora en este sentido, la niña de hoy— mujer del mañana— no pasará los primeros años de su existencia dando artísticas puntaditas y disponiéndose á vivir de prestado en las cuestiones que atañen al intelecto. Si es de clase humilde, la educación de la mano y la enseñanza práctica facilitará y suavizará el aprendizaje de un oficio ó habilidad artística con que pueda ganarse la subsistencia. El hogar generaliza; el taller y la escuela profesional son los que deben especializar.

Todo se enlaza en el eterno giro de las cosas. El trabajo manual femenino, mal dirigido, desorganiza las casas, y dejando sin cultivo las fuerzas mentales, desorganiza también las inteligencias.

Piensen las madres en que cada una de sus hijas ha de ser con el tiempo la fundadora de un hogar, santo y culto, si en él se armonizan y compenetran el orden, la paz, la buena administración y las más altas virtudes morales y sociales.

La obra generosa y fecunda que han de realizar las madres no pueden suplirla en absoluto institutrices ni escuelas. Unas y otras, bien dirigidas, cooperarán al fin principal: pero el factor insubstituible es la madre. Ella realiza una obra social transcendentalísima, pues de la intensidad de la vida doméstica ha de originarse el progreso y el bien en sus múltiples aspectos y manifestaciones.

MARÍA CARBONELL SÁNCHEZ Valencia, 26 febrero 1909

Download XMLDownload text