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LA VERDAD QUE PENSAMOS Y EL VALOR DE DECIRLA


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LA VERDAD QUE PENSAMOS Y EL VALOR DE DECIRLA

"Aquel a quien Yo hablo, luego será sabio y aprovechará mucho en el espíritu"."Yo soy el que levanto en un instante al humilde entendimiento, para que entienda más razones de la verdad eterna que si hubiere es= tudiado años en las escuelas". KEMPIS.

"A lomos de todos los sím= bolos cabalgamos hacia todas las verdades". NIETZSCHE.

No en más saber hemos de apoyar- nos para indagar en lo íntimo el cami- no que haya de conducirnos a esclarecer la indagnación que busquemos. Todo he- cho reclama el estudio de una verdad. Una verdad para nosotros mismos y una verdad que intentamos dar a los otros.

Si somos fieles, esta verdad será la misma que en nosotros tenemos. Si no lo fuéramos, ¡como en tantas ocasiones ocurre!, escamoteamos la nuestra al prógimo—por temerle a por adularle—y falsamente le daremos lo que apetece o nos conviene por atraerle a un fin que nos hayamos propuesto.

He aqui la duda inquietante para el que busca fuera e si la verdad de los otros sin conducirse de fuera adentro hacia la propia.

Por eso toda la verdad que pretendemos dar hay que sacarla, extraerla mejor, de nosotros mismos. Toda verdad que que- remos recibir hemos de saber e importa mucho si es extraida de quien nos la dice y quiere convencer o si la recogió al azar, y vaga a flor de peil y de pen- samiento en sus convicciones y nos la instila, sin dolor de raiz experimental, como todo lo que persuade ha de ser dicho.

Mas queda un obstáculo al fiel para ofrecer lo cierto que en si experimenta. El de que muy pocos le crean.

Sobre todo si ha de especular sobre la teoría acomodaticia de los más y si la espéculación de éstos para sus ver- dades ficticias puede resentirse de que- branto con las verdades natas que las echen por la tierra.

Tuvimos un caso palpitante que pone estas razones de manifiesto.

Un sabio se alzó no hace mucho tiem- po en un hemiciclo para rebatir verda- des que muchos acataron sin indagar profundamente si eran ciertas. Este sa- bio, independiente en su criterio. des- pués de la meditación concienzuda, trata de esclarecer hasta el propio eror ana- lizándolo, depurándolo en el alambique de su Yo interno para exponerlo al nú- cleo de oyentes como eso: una verdad íntima que se exterioriza con nobleza, de dentro afuera.

Se indigna la intransigencia apasionada que no razona, que no puede razonar, porque obnubila su examen el prejuicio y la conveniencia.

Entonces se recurre al desprestigio del sabio consciente, que vale tanto como desprestigiar la verdad.

Sí, porque todo pensador, al discernir minuciosamente sobre ideas, no queda, no puede quedar preso de por vida en ellas.

Puestas en juego, aquilatadas a la luz de los hechos que por su inducción se hayan producido, el sabio, y más si es artista, tiene el alto atributo de recti- ficar siempre para poner sobre aviso contra la posible equivocación. La ver- dad de un cerebro máximo nunca puede ser irrefutable para el mismo que la ha conocido, como la Ciencia mientras no muera, jamás habrá dicho su última pa- labra por muchas que la hayan prece- dido.

Créanlo todos como irrebatible verdad para guión del pensamiento. Las verda- des gestan incesantemente en los cere- bros y corazones de valia que saben es- cuchar esa voz ignota de Aquel que habla a los humildes en su interior y que tienen la arrogancia a veces de en- soberbecerse ante los necios sabios que adoran el mito, aun sabiendo su falacia, porque les conviene no destruirlo.

Pero no hay que confundir el mito con el símbolo. Este se apoya siempre en una ideológica verdad al menos; aquél sólo sirve de fetiche para incautos o desaprensivos. La libertad exponentes de un pensador es lo más sagrado de res- petar y meditar.

Esto es toda la obra y palabra del maestro Unamuno, tan ensalzado como combatido por sus indómitas independen- cias, propias del genio pensante: Inda- gación continua sobre sus propias ideas ensayadas, rectificación de ellas cuando hace falta, sin mirar los intereses crea- dos, morales o materiales, que a su co- bijo se fraguan. Destrucción del mito, en una palabra, para buscar el símbolo. Afirmación de él cuando se entienden y se descubren razones de mayor verdad.

A las mujeres de hoy, faltas de toda preparación intensa en nuestro país, con- viene más que a nadie dilucidar el mito del símbolo y, sobre todo, atender las rectificaciones que quienes les dieron sus profundas verdades hagan. No lo tomen a capricho del rectificador, a mudable parecer, a veleidad caprichosa del mo- mento, sino a positivo credo del que nos marca un índice hacia la verdadera li- bertad diciendo: "No hay mayor ni me- jor trabajo que el de arrostrar la ver- dad" (1).

Así debe obrar el que a lo mejor de si intelecto, para quien, si es menester, "la verdad que le denigra es más grata que la mentira que le ennoblece".

HALMA ANGÉLICO.

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