Text view
LA VERDAD QUE PENSAMOS Y EL VALOR DE DECIRLA
| Title | LA VERDAD QUE PENSAMOS Y EL VALOR DE DECIRLA |
|---|---|
| Author | María Francisca Clar Margarit |
| Journal title | Cultura Integral y femenina |
| Issue | 2 |
| Place | Madrid |
| Date | 1933-02-15 |
| Page | 8 |
"Aquel a quien Yo hablo,
luego será sabio y aprovechará
mucho en el espíritu"."Yo soy
el que levanto en un instante al
humilde entendimiento, para
que entienda más razones de la
verdad eterna que si hubiere es=
tudiado años en las escuelas".
KEMPIS.
"A lomos de todos los sím=
bolos cabalgamos hacia todas
las verdades".
NIETZSCHE.
No en más saber hemos de apoyar-
nos para indagar en lo íntimo el cami-
no que haya de conducirnos a esclarecer
la indagnación que busquemos. Todo he-
cho reclama el estudio de una verdad.
Una verdad para nosotros mismos y una
verdad que intentamos dar a los otros.
Si somos fieles, esta verdad será la
misma que en nosotros tenemos. Si no
lo fuéramos, ¡como en tantas ocasiones
ocurre!, escamoteamos la nuestra al
prógimo—por temerle a por adularle—y
falsamente le daremos lo que apetece o
nos conviene por atraerle a un fin que
nos hayamos propuesto.
He aqui la duda inquietante para el
que busca fuera e si la verdad de los
otros sin conducirse de fuera adentro
hacia la propia.
Por eso toda la verdad que pretendemos
dar hay que sacarla, extraerla mejor, de
nosotros mismos. Toda verdad que que-
remos recibir hemos de saber e importa
mucho si es extraida de quien nos la
dice y quiere convencer o si la recogió
al azar, y vaga a flor de peil y de pen-
samiento en sus convicciones y nos la
instila, sin dolor de raiz experimental,
como todo lo que persuade ha de ser
dicho.
Mas queda un obstáculo al fiel para
ofrecer lo cierto que en si experimenta.
El de que muy pocos le crean.
Sobre todo si ha de especular sobre
la teoría acomodaticia de los más y si
la espéculación de éstos para sus ver-
dades ficticias puede resentirse de que-
branto con las verdades natas que las
echen por la tierra.
Tuvimos un caso palpitante que pone
estas razones de manifiesto.
Un sabio se alzó no hace mucho tiem-
po en un hemiciclo para rebatir verda-
des que muchos acataron sin indagar
profundamente si eran ciertas. Este sa-
bio, independiente en su criterio. des-
pués de la meditación concienzuda, trata
de esclarecer hasta el propio eror ana-
lizándolo, depurándolo en el alambique
de su Yo interno para exponerlo al nú-
cleo de oyentes como eso: una verdad
íntima que se exterioriza con nobleza,
de dentro afuera.
Se indigna la intransigencia apasionada
que no razona, que no puede razonar,
porque obnubila su examen el prejuicio
y la conveniencia.
Entonces se recurre al desprestigio del
sabio consciente, que vale tanto como
desprestigiar la verdad.
Sí, porque todo pensador, al discernir
minuciosamente sobre ideas, no queda,
no puede quedar preso de por vida en
ellas.
Puestas en juego, aquilatadas a la luz
de los hechos que por su inducción se
hayan producido, el sabio, y más si es
artista, tiene el alto atributo de recti-
ficar siempre para poner sobre aviso
contra la posible equivocación. La ver-
dad de un cerebro máximo nunca puede
ser irrefutable para el mismo que la ha
conocido, como la Ciencia mientras no
muera, jamás habrá dicho su última pa-
labra por muchas que la hayan prece-
dido.
Créanlo todos como irrebatible verdad
para guión del pensamiento. Las verda-
des gestan incesantemente en los cere-
bros y corazones de valia que saben es-
cuchar esa voz ignota de Aquel que
habla a los humildes en su interior y
que tienen la arrogancia a veces de en-
soberbecerse ante los necios sabios que
adoran el mito, aun sabiendo su falacia,
porque les conviene no destruirlo.
Pero no hay que confundir el mito
con el símbolo. Este se apoya siempre
en una ideológica verdad al menos; aquél
sólo sirve de fetiche para incautos o
desaprensivos. La libertad exponentes de
un pensador es lo más sagrado de res-
petar y meditar.
Esto es toda la obra y palabra del
maestro Unamuno, tan ensalzado como
combatido por sus indómitas independen-
cias, propias del genio pensante: Inda-
gación continua sobre sus propias ideas
ensayadas, rectificación de ellas cuando
hace falta, sin mirar los intereses crea-
dos, morales o materiales, que a su co-
bijo se fraguan. Destrucción del mito,
en una palabra, para buscar el símbolo.
Afirmación de él cuando se entienden y
se descubren razones de mayor verdad.
A las mujeres de hoy, faltas de toda
preparación intensa en nuestro país, con-
viene más que a nadie dilucidar el mito
del símbolo y, sobre todo, atender las
rectificaciones que quienes les dieron sus
profundas verdades hagan. No lo tomen
a capricho del rectificador, a mudable
parecer, a veleidad caprichosa del mo-
mento, sino a positivo credo del que nos
marca un índice hacia la verdadera li-
bertad diciendo: "No hay mayor ni me-
jor trabajo que el de arrostrar la ver-
dad" (1).
Así debe obrar el que a lo mejor de
si intelecto, para quien, si es menester,
"la verdad que le denigra es más grata
que la mentira que le ennoblece".
