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La misión de la mujer


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LA MISION DE LA MUJER

Cuando el viajero recorre los campos cubiertos de verdura, adivina la existencia de la tímida flor que esconde su corola entre la grama por el perfu- me de que está impregnado el ambiente: cuando el mísero mortal atraviesa la espinosa senda de la vida, presiente la existencia de la mujer virtuosa por el sello de gloria y felicidad que imprime en cuantos la rodean. Si Dios ha dado al hombre la fuerza y el saber, á la mujer le ha concedido en cambio esa va- rita de mágicas vírtudes que trueca los males en bienes, que sabe convertir en flores las espinas que las fatales pasiones del hombre hacen brotar en el camino de la vida.

No necesita mostrarse, no necesita hacer vana ostentacion de su talento y virtudes para que se sien- ta su benéfico influjo, para que se la bendiga y se la admire. Cuanto mas encubre sus perfecciones con el modesto velo del misterio, mas grande es su atrac- tivo, mas dulce é irresistible su hechizo. ¡Cuán san- ta es la mision de la mujer, mision desprovista de gloria, es verdad, pero fecunda en dulces y castas emociones! ¡Cuán bello, cuán fácil es cumplir unos deberes cifrados solo en hacer bien á sus semejan- tes, en esparcir por do quiera el consuelo y la ale- gría! Es tan grato ser útiles y necesarios á los seres queridos de nuestro corazon! Es tan dulce labrar su felicidad y minorar sus sufrimientos! Los que han dicho que el destino de la mujer era pobre y mezqui- no á causa de su dependencia, no comprendian sin duda la sublime grandeza de sus deberes, ó tal vez su alma seca y egoista no sabia colocar la felicidad mas que en el esplendor y el mando. Nosotras, que la ciframos tan solo en los goces del alma, bendeci- mos la religion, que ha trocado la esclava en com- pañera y que ha divinizado á la mujer virtuosa. Li- mitamos nuestra ardiente ambicion á hacer la felici- dad del hombre, y nuestro orgullo á inspirarle las virtudes que le engrandezcan á nuestros ojos é in- mortalicen su gloria. Si la mujer misma hubiese podido escoger su mision sobre la tierra, no la hu- biera elegido mas dulce, mas santa, mas hermosa que la que Dios le ha impuesto: porque Dios es el que con su divino ejemplo ha señalado á cada sexo sus deberes. Jesucristo se ofrece en holocausto para salvar al mundo, y convierte con la elocuencia de sus palabras, subyuga con la santidad de sus obras. La afligida Vírgen ruega tan solo y llora; pero sus lágrimas y sus querellas devuelven tantas almas al cielo como la preciosa sangre de su hijo. Si no son iguales los medios que emplean para lavar el pecado original, son iguales los resultados que consiguen.

¡Qué espectáculo tan digno ofrece una mujer en- tregada á sus domésticos quehaceres, y ocupada es- clusivamente en hacer felíces á cuantos el destino ha colocado á su lado! Ha sido el apoyo y consuelo de sus ancianos padres; es la tierna compañera del que la ha elegido entre las demás para que labrase su ventura, la madre amorosa de esos niños que imitarán sus virtudes, y el consuelo de los infelices que bendicen llenos de gratitud su nombre. ¿Existe acaso alguna gloria, por brillante que sea, compa- rable á la que reporta una dulce madre de familia, amante de sus deberes y pronta siempre á sacrificar- se por el bien de los demás? ¿No es esta por ventura tan acreedora como su profundo compañero al enco- mio universal? ¿Qué importa que la fama no inmor- talice su nombre? que su paso trémulo desfallezca antes de llegar al templo de la gloria? Otro es el premio que espera por sus constantes desvelos. Des- de su oscuridad trabaja incesantemente por engran- decer á sus hijos y esposo, y conducirlos por la senda de la virtud al templo de la eterna sabiduría. Cuando vemos un voraz incendio nunca nos acor- damos de la primera chispa que le ha hecho estallar; y no obstante sin aquella chispa no se hubiera en- cendido la gigantesca hoguera que amenaza á las nubes. El hombre ejecuta; pero la mujer da el im- pulso. Ella es el inteligente agricultor que prepara el terreno y esparce las semillas que á su tiempo deben producir los mas ópimos frutos.

Es verdad que el viajero al contemplar la belle- za de los árboles, al aspirar el perfume de las flores, quizás no dirigirá una sola mirada al que los ha cul- tivado con el sudor de su frente; mas ¿qué le impor- ta á este su olvido, si en su ardiente abnegacion está satisfecho con la idea de haber esparcido por do quie- ra la riqueza y la prosperidad? El hombre ejerce su omnímodo poder sobre el mundo físico. Como rey de la creacion obra, inventa y subyuga; pero dema- siado embebido en sus colosales empresas, deja á la mujer, tal vez por inercia, tal vez por incapacidad, que empuñe el cetro del mundo moral. Ella ha ci- mentado tan bien su trono sobre la dulzura, las sú- plicas y las lágrimas, que el hombre engañado con la idea de su ficticia superioridad no piensa en dis- putarle su poder, poder frágil y débil en apariencia; grande, poderoso, infinito en realidad. La mujer es la que imprime las primeras é indélebles máximas de virtud en el tierno pecho de sus hijos y forma casi esclusivamente su educacion moral. Profunda cono- cedora de los misterios del corazon, les enseña á creer y amar desde su tierna infancia, y sus faltas ó virtudes posteriores traen siempre su orígen de estas primeras impresiones. He aquí por qué la instruccion de la mujer debe ser tan sólida como su poder moral es absoluto.

Ay! dejemos en buenhora á los hombres que em- puñen la espada y rieguen el suelo con la sangre de sus hermanos. Dejémoslos que huellen á sus seme- jantes para basar sobre sus cabezas el pedestal de su gloria; que encanezcan formando bárbaras leyes que oprimen al desvalido, ó torturen su imaginacion para resolver esos áridos problemas que deben inmortali- zar su nombre; y reservémonos nosotras el dulce po- der de curar sus heridas, de enjugar sus lágrimas y aplacar su cólera con nuestros ardientes ruegos. ¿Qué nos importa el laurel que corona la frente de los grandes hombres? Una corona de flores sienta mejor á nuestra frágil belleza y nos hace mas seductoras. Lejos de nosotras para siempre el ardiente deseo de la gloria y de la inmortalidad. Estudiemos para em- bellecernos á los ojos de nuestros meditabundos com- pañeros y para distraer con nuestras trovas sus pesa- res. Elevemos nuestra imaginacion á la altura de la suya; pero no pretendamos ser sus iguales en saber, porque entonces destruiremos la perfecta armonía de la creacion. Convertidas en sus antagonistas, lejos de servirles de dulce consuelo, nuestro trato les seria pesado é insoportable.

Concluiremos pues estas reflexiones diciendo: que la mujer que comprenda bien la sublime gran- deza de sus deberes, lejos de deplorar su suerte de- be cumplir con orgullo su mision, que es la mas bella, santa y noble de las misiones, y que en cuanto á su talento, debe considerarlo como una de esas flores delicadas que conservamos perpetuamente en nuestros invernaderos para que los rayos del sol no la marchiten y los besos del aura no la desfloren.

Angela Grassi.

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