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LA VIDA Y LAS MUJERES
En un artículo recientemente publicado
en un semanario madrileño quejábase Eduar-
de Zamacois de la insulsez de las «lecturas
femeninas». Y nos contaba el brillante nove-
lista de qué modo los encargados de proveer
estas lecturas: directores de magazines, et-
cétera... suelen entenderlas. Una lectura fe-
menina, «para señoras», según el término
consagrado, debe ser tranquila, fría, imper-
sonal, sin emoción, sin pasión y sin ideas.
Y, claro está, con una nota entre cursi y
sensiblera para suplir a estas cualidades y
dar una ligera ilusión de vida.
Y aquí, en España, esto son efectivamen-
te las lecturas femeninas.
Fuera de España, la literatura «para se-
ñoras» es desconocida. No existe una lite-
ratura exclusivamente hecha para ellas
pues las novelas destinadas en el Extranje-
ro a un público únicamente femenino se en-
cuentran compensadas por las obras «gene-
rales», que este mismo público femenino lee
también. Y así, las sentimentales y casi
siempre muy morales novelas que leen las
ingleses y las americanas, y las fogosas y
almibaradas novelas que leen las francesas
su influencia equilibrada por las de
más obras—obras que pudiéramos llamar
masculinas—leídas por estas mismas ingle-
sas, francesas o americanas. Y en los paí-
ses donde la cultura de la mujer no se dife-
rencia de la del hombre—Alemania, Rusia
y, sobre todo, los países escandinavos—, no
existe siquiera una clase de literatura que
se pueda llamar «para señoras».
Para señoras, no «para mujeres»; pues esta
literatura, novela de Prevost o de mistress
Humphry Ward, si está hecha exclusivamente
para un público femenino, está hecha también
para un público femenino escogido; un públi-
co que encuentre natural una historia cuyos
protagonistas no necesitan calcular nunca ni
el tiempo ni el dinero; una historia en la que,
por muy violentas que sean las escenas, se re-
latarán siempre con un vocabulario del más
exquisito buen gusto.
La literatura «femenina» es lamentable en
todas partes, pero aquí en España es una ver-
dadera calamidad. Eduardo Zamacois se indig-
na contra ella; pero ¿quién gritará bastante
todo lo nociva que es una lectura que cons-
cientemente va contra la vida?
La novela de Prevost o de mistress Hum-
phry Ward disimula la verdad y se compone,
para el uso particular de sus lectoras, una ver-
dad de vaselina y guante blanco; es una cosa
falsa, mala en el sentido que impone normas
arbitrarias e imposibles; pero ¿y el cuentecito
o la novelita del magazine español? Este cuen-
to o esta novela, ¿qué ideas pueden dar a quien
no recibe ideas más que de ellos? Porque, jun-
to a las novelas de sus autores predilectos, la
mujer extranjera tiene la obra filosófica o cien-
tífica que lee su padre o su marido y que ella
también ha de leer, hasta por indicación de
ellos. Junto a la novela en que la duquesa
de X flirtea con el marqués de Z, o en que la
señorita de Tal se casa con aquel joven rubio
e ingeniero, la mujer española no tiene más
que el folletín por entregas, que en el Extran-
jero leen tan sólo las modistillas y las porte-
ras. Y es que la mujer española no lee; si aquí
en España es en el único país donde se oye ha-
blar tranquilamente de «lecturas femeninas»,
es porque las mujeres están completamente
apartadas de la literatura.
Por eso la mujer española, no sólo no re-
chaza, sino que disfruta con las lecturas «fuera
de la literatura» que se le preparan cuidado-
samente. En esta época es precisamente cuan-
do más se advierte que las «lecturas femeni-
nas» son destinadas a mujeres que no han de
leer.
En cualquier parte del Extranjero las libre-
rias se ven ahora atestadas de libros «d'etren-
nes», libros que se regalan entre deudos y ami-
gos como aguinaldos de buen gusto; pues bien,
estos libros «d'etrennes», engalanados, encin-
tados, ofrecidos bajo cubiertas o en cajas pri-
morosamente decoradas, son—exceptuando las
obras para niños—todos libros para mujeres.
En el Extranjero, toda mujer contará, entre
sus regalos de Pascua, algunos tomos de obras
clásicas o algunos «Trozos escogidos» de su
poeta preferido. No es necesario insistir sobre
la ventaja de discernimiento que tendrá la mu-
jer que lee a Prevost, leyendo también a Tai-
ne, o a Molière, sobre la que lee su novelita..
sin leer otr acosa. Por muy «cerrada» que sea
aquélla, tendrá, al menos, probabilidades de
comprender que efectivamente la vida y el
ideal del novelista no son la misma cosa Y,
desde luego, no necesitará, cuando quiera acer-
carse a una revista, que esta revista esté es-
crita según las reglas que tanto indignaron a
Zamacois.
Hace unos años, tampoco los niños españo-
les leían; ahora se editan en España admira-
bles libros, «regalos de Pascuas», para niños.
El día en que, sin temor al ridículo de parecer
una marisabidilla o una pedante, la mujer es-
pañola pueda recibir como un regalo natural
sus libros «d'etrennes», las lecturas «para se-
ñoras» no tendrán ya razón de ser. Y su valor
quedará anulado como queda anulada en el
Extranjero la literatura femenina.
